Durante mucho tiempo vender me incomodaba.

Mandar un mensaje en frío.

Ofrecer mi servicio.

Sentarme en una llamada sabiendo que del otro lado podían decirme que no.

Y creo que a muchos coaches y consultores les pasa lo mismo.

Sobre todo cuando tienen experiencia real y no quieren convertirse en ese típico vendedor insistente que persigue a cualquiera para cerrar una venta.

El problema es que si tenés un negocio, no vender también tiene un costo.

Menos clientes.
Menos ingresos.

Y, sobre todo, menos control sobre el crecimiento de tu negocio.

A mí hubo 3 cosas que me ayudaron muchísimo a cambiar esto:

1. Entender por qué necesitaba vender.

No solamente por facturar más.
Sino por todo lo que esos ingresos me permitían construir.

2. Dejar de asociar venta con manipulación.

Hoy veo una venta como un intercambio de valor.

Si realmente podés solucionar un problema y cobrás a cambio, las dos partes ganan.

3. Exponerme al rechazo.

Mandar mensajes.
Tener llamadas.

Recibir un “no”.
Y volver a hacerlo.

Como manejar un auto por primera vez, al principio todo genera fricción.
Después de hacerlo 10, 50 o 100 veces, deja de sentirse igual.

Grabé un video bastante distinto a los que suelo hacer explicando cómo trabajé estas 3 cosas y qué cambió en mi forma de vender.